Hace varios años que compré este libro atraído por el tema, por la magnífica edición de Aguilar, y por el autor, el Embajador de España Don Miguel Ángel Ochoa Brun, antiguo director de la Escuela Diplomática y quizás el hombre que más sabe de la historia exterior española desde una perspectiva histórica y autor de una magna obra en ocho volúmenes editada por el Ministerio de Exteriores y titulada Historia de la Diplomacia española. El libro aquí glosado es un substancioso resumen de esa obra que abarca desde la Edad Media hasta mediado el siglo XIX y está repleta de anécdotas, personajes grotescos y heroicos, lujo y suntuosidad mezclado con peligros y hazañas que hoy nos parecen imposibles, todas ellas fruto de una dedicación y de una política de estado que ha pretendido salvaguardar los intereses de España en todo el mundo..
Este libro que comienza con las embajadas medievales no permanentes como la que ante Tamerlán hizo, en el siglo XIII, Ruy González de Clavijo y que da nombre a una Base española en Afganistán, continúa, como un agradable repaso a la historia de Europa, de la que España fue "partera", señalando los acontecimientos más importantes y cómo hombres decididos, nobles, cultos y valientes hacían valer ante reyes extranjeros nuestros derechos y, cuando era preciso, nuestros dictados.
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Pasan por este libro personajes que nos hacen sentir un profundo orgullo y agradecimiento, como Fernán-Núñez y su difícil Embajada en París durante la Revolución francesa, pero por encima de todos, sigo teniendo mi predilección por Don Diego Sarmiento de Acuña, Conde Gondomar, gallego y Embajador en Londres que llegó a influir de tal forma en la corte inglesa que consiguió que llevaran a la horca a un hideputa y héroe nacional inglés, el pirata Sir Walter Raleigh. Bien por Gondomar y bien por Ochoa Brun que no lo recuerda para que no olvidemos, quienes somos y, si queremos, quienes seguiremos siendo.


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