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A finales de la Segunda Guerra Mundial escribió Rebelión en la Granja cuando se quejaba que en la Inglaterra que sobrevivía bajo los bombardeos alemanes se podía criticar abiertamente a Winston Churchil pero, en cambio, Stalin estaba protegido por una censura virtual, pero muy real. Este libro breve y alegórico, una "novela de dibujos animados", trata de Stalin, de la Unión Soviética, de los líderes carismáticos, de la rebeliones que se convierten en tumba de las libertades, de los que mueven a las masas a los sacrificios mientras medran en la vida muelle que les dan los cargos conquistados. Por eso, quizás fue rechazado en 1944 por cuatro editores londinenses. Fue finalmente publicado una vez terminada la guerra, en el verano de 1945, y posteriormente traducido a decenas de idiomas. Ahora es un clásico que hay que leer para vacunarnos contra aquellos que, incluso bajo un manto de sanidad democrática, por "amar tanto la libertad" quieren quedarse también con la nuestra.
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