lunes, 2 de agosto de 2010

Por las calles de Sevilla


Caminaba, en una noche cálida y triste, por las calles de Sevilla. Pensaba y sudaba, casi a la vez que rezaba. No estaba yo en Sevilla de vacaciones, ni de Feria. Fui a una despedida. Una persona entrañable a la que traté poco, conocía algo y quería mucho se fue para siempre. Ya no pasará calor en Sevilla. Y en Sevilla pasaba mucho calor. No sólo porque "la caló" sea por veces insoportable, al menos para mí que soy del Norte, sino también porque con una familia grande por lo numerosa y grande por la grandeza de ánimo y de espíritu, el calor, el de verdad, el humano, es delicioso y se vive y se disfruta hasta sus últimas gotas. Así, la vida se puede sorber, en su gran copa, aprovechando hasta el último hilillo que queda, con el último suspiro y, también, con la última sonrisa.

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Y pensando yo en estas cosas, mientras iba acercándome al Convento que me iba a dar cobijo esa noche, en el Barrio de San Lorenzo, pasé junto a un farol. El mismo farol que tantas veces alumbró al Jesús del Gran Poder que tiene cerca su morada. Al verlo no pude evitar recordar los candeeiros de Alfama, en Lisboa, ciudad hermana de Sevilla, tan cercanos en el tiempo y en el corazón. Recordé también que la luz es aquello que vemos para tener una referencia en la oscuridad, como hace un faro en una costa bravía. Pero también es ese resplandor el que nos permite ver lo que nos rodea, ser conscientes de todo aquello que a la luz intensa del día sevillano apenas atraería nuestra atención. Y por eso, en mis cavilaciones, aquel farol me recordó la Luz que ilumina nuestros caminos permanentemente en nuestro deambular por las oscuras calles de la vida. Ese resplandor que nos indicará, en su momento, el final del camino que estamos recorriendo, allá donde la verdadera Luz sea el comienzo de una nueva andadura, diferente, mejor, más larga y segura. La que inició, dejando el calor sevillano, esa persona entrañable a la que traté poco, conocía algo y quería mucho. Laus Deo.

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