jueves, 21 de enero de 2016

Doce hombres sin piedad de Sidney Lumet

Sidney Lumet fue un director de cine norteamericano fallecido en 2011 y que ganó un Oscar honorífico en 2004 tras haber sido nominado infructuosamente a un Oscar en cinco ocasiones. Su larga carrera como director y también guionista comenzó con la dirección de este largometraje, estrenado 1957 y basado en la obra de teatro, escrita para la televisión, por Reginald Rose. Esta película fue nominada para tres Oscar de los que no obtuvo ninguno; además ganó el Oso de oro en el Festival de Cine de Berlín y un BAFTA, entre otros muchos premios. Rodada en blanco y negro, la acción se desarrolla en el interior de una sala de reuniones, pero las interpretaciones de los doce actores, y en especial de Henry Fonda, hace que el interés y la tensión se mantenga.
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Doce hombres sin piedad cuenta la actividad de un jurado obligado a emitir un veredicto en un juicio por homicidio, del que es acusado un joven marginal imputado por matar a su propio padre. Al principio, tienen una decisión casi unánime de culpabilidad, con un único disidente de no culpable, que a lo largo de la obra siembra la semilla de la duda razonable. La historia comienza después de que los alegatos finales han sido presentados en el caso del homicidio. Al igual que en la mayoría de los casos penales de Estados Unidos, los doce hombres deben adoptar su decisión por unanimidad sobre un veredicto de "culpable" o "inocente". Al jurado se le indica además que un veredicto de culpabilidad conllevará necesariamente una sentencia de muerte. Los doce pasan a la sala del jurado, donde empiezan a familiarizarse con sus respectivas personalidades. A lo largo de sus deliberaciones, no se llaman por su propio nombre, sino por el número adjudicado. Varios de los miembros del jurado tienen diferentes razones para mantener prejuicios en contra del imputado, su raza, su origen o las propias circunstancias personales, como la conflictiva relación entre un miembro del jurado y su propio hijo.
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Volver a los clásicos siempre es gratificante, por eso, esta película, a pesar de ser ya antigua, no pierde su frescura ni su interés y, además de ser una de las grandes películas de tema jurídico, es también un alegato al derecho a la vida y una radiografía de diversos arquetipos sociales perfectamente extrapolables a la sociedad española actual.