
Hoy, un año más, debemos los cristianos bien nacidos de todas las latitudes del mundo rendir un merecido homenaje a esos hombres que arriesgaron sus vidas para que hoy muchos occidentales disfruten de la libertad -que a algunos les lleva incluso a abjurar de su fe- ganada en el campo del honor. Especial recuerdo, merece el Comandante de la flota Cristiana, Don Juan de Austria, cuyo mausoleo, que se muestra bajo estas líneas, está en el Monasterio del Escorial.

España fue capaz de quemar su imperio por defender su fe, contrariamente a lo que hicieron otras potencias cristianas, que no sintieron el más mínimo arrobo en quemar su fe (Enrique IV de Francia o el VIII de Inglaterra son buenos ejemplos) por salvar su imperio. La grandiosa obra de España permanece viva en la cotidianeidad europea, en sus límites y, sobre todo, en sus valores.
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