jueves, 25 de febrero de 2016

Cuando eres parte del problema…

La actualidad política, tan llena de declaraciones, pactos, posiciones y desapariciones, comienza a ser una tortura para quienes gustamos, quizás enfermos de cartesianismo, de las líneas claras y las posturas definidas ante problemas concretos.
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El esfuerzo y el empeño en alcanzar un acuerdo entre Pedro Sánchez y Albert Rivera, líderes del segundo y cuarto partido más votado en las elecciones del pasado 20 de diciembre, se han visto motejados por críticas sin cuento desde los partidos que obtuvieron el primer y tercer puesto en número de votos en la mismas elecciones. El PP, por pura soberbia e incapacidad para el acuerdo y el dialogo, y Podemos, por los resabios totalitarios que el barniz modernista con que pretenden disimular su ideología comunista no logra atemperar ni disimular, son parte del problema de la gobernabilidad y estabilidad de España.
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Ni Rivera ni, menos aún, Sanchez, que es esclavo ahora de sus palabras y gestos, se adaptan a mis ideas y a mi forma de ver España, su estructura, sus problemas y los de su gente o la concepción de la vida moderna. Nunca les he votado ni creo que lo haga en el futuro. Dicho esto, creo que es de agradecer la apuesta por el diálogo y por alcanzar acuerdos negociando y cediendo, limando y sentando el acuerdo en las similitudes y puntos en los que es posible la conformidad sin que sea necesario retorcer la ideología ni traicionar al votante.
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En las actuales circunstancias, Podemos se configura como un problema para la gobernabilidad de España y para la continuidad de la recuperación económica y social. La aplicación inmoderada de las ideas políticas que salen del laboratorio político de Somosaguas y que han sido aplicadas ya, con el resultado ya conocido, en Caracas y La Paz, no dejan lugar a la esperanza. Con Iglesias y sus jaurías digitales, la sombra del totalitarismo se cierne de nuevo sobre los españoles. Son un gran problema y confío en la sensatez de los españoles para que esta opción, que ya era caduca hace 50 años, se diluya pronto en el éter electoral.
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El problema del PP y de Rajoy es mucho más complejo y grave. Por un lado, el PP es, o debería ser, el garante del equilibrio ideológico junto con el PSOE; una opción seria y responsable de raíz conservadora e impulso liberal que todavía cuenta con el apoyo de la mayoría de los españoles. Por otro lado, la actualidad hace que no podamos evitar pensar en el PP como una organización de malhechores que ha pasado de promover el interés general y defender ideas, a defender intereses puramente personales. Rajoy, como líder de esta organización, ha perdido toda la credibilidad, máxime cuando se encastilla en una postura indefendible que busca su propia permanencia en la poltrona. Rajoy, que pocas veces fue parte de la solución, ahora es, sin ningún género de dudas, la parte central del problema.