miércoles, 17 de septiembre de 2014

Boyhood (Momentos de una vida) de Richard Linktater

Vi el cartel en las calles, por las mañanas mientras iba al trabajo y llamó mi atención el cartel en sí y lo que decía la crítica, busqué otras y las leí con interés y me pareció que sería interesante ver esta película. Y allá que fui, muy bien acompañado, por cierto.
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Richard Linktater es un director tejano de larga experiencia y cuyo cine, comercial, tan sólo tras más de 20 años de trabajo se ha empezado a ver recompensado. Este año fue nominado para un Oscar al mejor guión adaptado por su película, parte de una serie, Antes del anochecer. Con esta película tan peculiar ha obtenido el Oso de Plata al mejor director en el Festival de Berlín y el premio a la mejor película en el de San Sebastián, a los que quizás sigan otros premios.
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Boyhood es un drama rodado a lo largo de 12 años, desde 2002 hasta 2013, pero en solo 39 días de rodaje. Es la historia de Mason desde los seis años y durante una década de infancia y adolescencia plagada de cambios de casa, de familia, con amistades que se vienen y van, bodas maternas, colegios, e infinidad de momentos alegres o tremendamente duros, incluso de miedo que le hace descubrir la vida real a base de sorpresas y golpes.
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El efecto de ver cómo durante las casi tres horas que dura la película los actores van envejeciendo, madurando, mientras aparecen barbas incipientes, pendientes, o nuevas formas de mirar le da un valor añadido a esta película tan original en la que realmente no pasa nada, o casi nada, salvo que un niño crece y se independiza al irse a la universidad mientras ve pasar por delante los fracasos matrimoniales de su madre, que somete a sus hijos a una especie de huida a ninguna parte mientras crecen entre el dolor y el desarraigo. Es un retrato de la moderna vida familiar, de la americana, pero también de la nuestra, en la que el egoísmo de los padre tienen absoluta prioridad sobre la estabilidad de los hijos.
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A pesar de ser una película en cierta forma pesimista, me quedo con el papel del verdadero padre, un simpático holgazán inmaduro que acaba sentando la cabeza, que no abandona a sus hijos a pesar de los vaivenes de la madre y se convierte en un importante apoyo, quizás el único, para el joven y desorientado Mason. Además, frente al caos sentimental de todos los personajes vemos a un anciano matrimonio, los abuelos de Mason, de firme vida de fe, que le regalan una Biblia y que son un oasis de verdadero amor y estabilidad en medio de esta América (y España) profunda que tan bien retrata Linklater.