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Ahora, con los años, y viendo en perspectiva mi infancia, mi juventud, mi familia, mis amistades, aparece todo dibujado de otra forma, con colores nuevos. Todo ello configura mi particular intrahistoria y este paisaje apacible y solemne, se apodera de mi pupila trasformándolo en un resumen de mi vida. Las tardes lánguidas, en tonos grises, se hacen dueñas de mi nostalgia y me rejuvenecen recordándome tiempos pasados, no necesariamente más felices, pero sí distintos.
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El Mar de Arosa sigue ahí para recordarme cada año quien soy y quien fui y a él vuelvo para renacer y para embriagarme con la sinfonía de grises de cada anochecer.
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