domingo, 6 de diciembre de 2015

Elogio de las cartas


A veces siento una cierta nostalgia por un mundo epistolar con carteros, suspiros, sellos y deliciosas esperas. Un mundo casi desaparecido. Estos días tan especiales que se acercan en los que muchos somos más conscientes que nunca del Amor del que somos receptores, son también momentos de recuerdos y de nostalgia, que no de tristeza, al echar de menos a personas que están lejos, a los que no vemos y a los que no podemos mirar a los ojos para decirles lo importantes que son para nosotros.

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Una llamada telefónica está bien, pero acaba siendo fría y se olvida. Las palabras se las lleva el viento y aquella frase calurosa de respeto, afecto y cariño se diluye en la memoria hasta desaparecer.
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Un correo electrónico perdura, pero no deja de ser algo que dejamos en manos de una máquina. No digamos los mensajes cortos como SMS o whatsapp que son flor de un instante, un mensaje breve, sin alma y que queda sepultado en la vorágine del día a día, olvidado entre rebuznos refinados y emoticones sin sentido.
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Frente a esto, las cartas escritas en un papel elegido por ti, escrito a mano en el que te dejas los minutos y las horas son, en sí mismas, muestras de amor, pero ya nadie las escribe.
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Escribir cartas siempre fue algo que me gustó. Recibirlas, incluso más. Durante muchos años escribí cartas a mi familia, amigos y a las novias que en cada momento tuviera y dado que viví en varios sitios alejado de todos estos seres queridos he debido escribir varios centenares de cartas. Sé que algunas de ellas se conservan todavía en cajones ignorados y allí, prisioneras, quedan mis palabras, recuerdos, ideas y sentimientos. Prisioneras, pero no olvidadas.
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La llegada a mi casa, hacia 1998, de internet y, consecuentemente, del correo electrónico hizo que las cartas pasaran al olvido y que esas palabras y sentimientos que enviaba a las personas con las que me quería comunicar, se convirtieran en una serie de pulsos eléctricos que se borran fácilmente y pasan, como decía antes, al olvido. Ya nadie tiene en sus cajones, junto con otros recuerdos y entre bolas de alcanfor, las palabras de nadie.
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Creo que debemos conjurar ese mal que nos ha traído la modernidad y podremos volver a guardar, o no, según nos apetezca, nuestras cartas sin necesidad de pulsar un botón y volviendo a llenar cajones de recuerdos y palabras agradables, sinceras y amistosas, escritas en papel y que se perpetuarán con los años.
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Escríbeme pronto, por favor.