
Pequeñas mentiras sin importancia es el tercer largometraje del joven director francés Guillaume Canet que ya mereció un premio César por una obra anterior. Esta película parece consagrarle en el siempre interesante mundo cinematográfico francés.
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Esta cinta es una fábula post-moderna. El director, que es también guionista de la cinta, tiene la habilidad de concentrar durante poco más de una semana de vacaciones "disfrutadas" por un grupo heterogéneo de amigos franceses todos los grandes defectos, lacras morales y sociales, de la sociedad francesa que no son otros que los de Occidente. Los nuestros.
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Varios matrimonios, parejas inestables y jóvenes solteros comparten espacio, tiempo y diversión en la casa de uno de ellos junto a la playa, en Cap Ferret, en la costa de Aquitania, al tiempo que uno de sus amigos se debate entre la vida y la muerte en un hospital parisino.
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Una perfecta conjugación de hedonismo, egoísmo, pequeñas frustraciones, miedo al compromiso y, en definitiva al amor, búsqueda permanente de un placer sexual, en sus múltiples variantes y una permanente hipocresía que hace del disimulo, de la neurosis y de una ausencia de plena felicidad el escenario sobre el que todos simulan divertirse.
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Al final parece que todos acaban reconociendo sus mentiras y sus egoísmos y lo hacen a la sombra de la cruz cuando todo parece perdido y, sin embargo todo comienza de nuevo. Una gran película que merece la pena ver.
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Esta cinta es una fábula post-moderna. El director, que es también guionista de la cinta, tiene la habilidad de concentrar durante poco más de una semana de vacaciones "disfrutadas" por un grupo heterogéneo de amigos franceses todos los grandes defectos, lacras morales y sociales, de la sociedad francesa que no son otros que los de Occidente. Los nuestros.
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Varios matrimonios, parejas inestables y jóvenes solteros comparten espacio, tiempo y diversión en la casa de uno de ellos junto a la playa, en Cap Ferret, en la costa de Aquitania, al tiempo que uno de sus amigos se debate entre la vida y la muerte en un hospital parisino.
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Una perfecta conjugación de hedonismo, egoísmo, pequeñas frustraciones, miedo al compromiso y, en definitiva al amor, búsqueda permanente de un placer sexual, en sus múltiples variantes y una permanente hipocresía que hace del disimulo, de la neurosis y de una ausencia de plena felicidad el escenario sobre el que todos simulan divertirse.
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Al final parece que todos acaban reconociendo sus mentiras y sus egoísmos y lo hacen a la sombra de la cruz cuando todo parece perdido y, sin embargo todo comienza de nuevo. Una gran película que merece la pena ver.
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