viernes, 8 de julio de 2016

Los libros, el orden, la belleza y otras rarezas

Creo que no es la primera vez que trato sobre el orden de los libros y papeles en general, ya sea en los anaqueles de la biblioteca familiar o en un despacho, en las estanterías siempre escasas o sobre la mesa. En mi caso añado la mesilla de noche que se torna siempre en almacén intermedio, recámara de lecturas que acumula volúmenes y, según me dicen, polvo. Es éste un asunto que me causa cierta placentera preocupación.
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Quedando demostrado que la lectura es necesaria para la supervivencia y descartado el ebook por impropio, inmoral y, seguramente, pecaminoso, sólo queda el papel. El papel atesora aromas, arrugas, dobleces y manchas, además de dedicatorias y recuerdos escondidos entre sus hojas. Por ejemplo, sé cuando un libro fue leído en Galicia por la especial ondulación que en sus hojas ejerce la humedad de las Rías Bajas.
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Así, con códigos secretos cuyas claves sólo nos son reveladas a los iniciados, los libros no sólo son la historia de ratos memorables de placer y descanso y de saberes acumulados que algún día olvidaré por completo, También son la historia de toda una vida, la mia y la de cada libro, la de mi familia y mis amigos, también la vida de sus escritores a quienes resucitamos cada vez que abrimos sus libros haciéndoles así inmortales, aún más inmortales.
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Hace poco vi un video en el que el recientemente fallecido Umberto Eco enseñaba su casa, que es, más bien, una biblioteca en marcha, una biblioteca vivida y disfrutada. Me pareció algo grandioso lleno de vidas y de vida, de historia y de historias; una casa en la que ser prisionero y de la que no se querría salir nunca.
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En el mismo sentido, hace unos días vi la foto que acompaña a este breve texto. Es Julián Marías, el hombre que me llevó a disfrutar de tantas cosas y que me enseñó la esencia real de ser español con su España inteligible, lectura fecunda de juventud. Don Julián posa para el fotógrafo en su despacho biblioteca ufano ante lo que a un incauto podría parecer un caos, pero que es, en verdad, un paraíso papirofílico, donde el aparente desorden es parte esencial y consustancial de la belleza incomprendida de los libros.