sábado, 15 de agosto de 2015

De Madrid al cielo ...

Yo, que siempre fui un chico de provincias, sentí por Madrid una atracción reverencial desde mi infancia, que transcurrió feliz en pequeñas capitales de provincia. Eran tiempos en los que ocho horas de traqueteo sobre carreteras adoquinadas y la presencia de eternos y humeantes camiones, junto con un calor mesetario, sólo aliviado por las ventanillas bajadas, era el precio a pagar por llegar a la capital, enorme, luminosa, bulliciosa... y breve. Allí no había mar, ni barcas, tan solo asfalto, calor y autobuses. Pero era la capital y allí había "de todo"
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Con el tiempo las visitas a Madrid se fueron haciendo más frecuentes, menos breves, pero también menos míticas. Madrid era la capital, si, pero también era un lugar, eso se decía, peligroso, donde la vida, llegado el caso, no valía nada. Seguía habiendo de todo pero, ¿para qué? ¿Para qué quería yo que hubiera veinte o treinta teatros, si no me los podía permitir? ¿o El Corte Inglés, cuando era algo exclusivamente capitalino?
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Madrid fue hace treinta años sinónimo de fines de semana agitados, divertidos, donde se hacían amigos y hasta novias... Un lugar donde disfrutar de viernes a domingo para después retornar a la vida diaria de estudio y trabajo en una capital de provincias. La atracción por Madrid sufrió una mutación en su naturaleza pero no en su intensidad.
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Mis recurrentes regresos a las ultraperiferias hispanas, Andalucía, Canarias o Galicia, suponía una separación del centro neurálgico, de esa "capital aborrecida" de que hablaba Fernando Castillo en su libro sobre Madrid y sus significados y las filias y fobias que genera.
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Pero desde hace ya demasiado tiempo, cerca de tres lustros, vivo en Madrid y por tanto, el mito murió de éxito. Aquí me encadené a una hipoteca, a un trabajo, a un ritmo de vida y eso acaba generando un cierto agotamiento, un deseo de escapar hacia lugares recónditos y silenciosos, no para pasar un hipnótico, fugaz y anestésico fin de semana, no. Escapar para siempre, huir a las montañas, a lugares donde se oigan los tañidos de las viejas campanas, donde el ruido del motor sobresalte y asuste, donde el silencio impere y lo impregne todo, donde los perros correteen por las calles libremente sin que sus amos los esclavicen con correas para su particular y egoísta disfrute. Donde los aromas a flores o a estiércol no dejen lugar a los de los humos. Donde una señora con un mandil de cuadros nos recuerde que comer bien y disfrutar de la vida requiere su tiempo y que no hay prisas...
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Pero aquí sigo encarcelado en una celda a medida hecha de falsa libertad, ansioso por respirar y reír de alegría cada mañana al ver montañas en el horizonte que me recuerden que estoy vivo y que allí, en ese rincón incógnito de España que aún confía verme envejecer, es donde sí que hay de todo. Hay de todo lo necesario para vivir, para vivir de verdad.
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Aquí sigo, pensando cuándo podré salir de Madrid para ir a un cielo terreno.